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Documentales

Arsuara - Entre volcanes y ayuda humanitaria

Arsuara - Entre volcanes y ayuda humanitaria

Mi expedición a las tierras del Kurdistán Turco, bajo el nombre de Arsuara, nació con la intención de unir el desafío de ascender a sus volcanes con un compromiso humano directo y urgente. Fue un viaje donde la altitud de las montañas solo fue superada por la profundidad de las historias que encontré en sus faldas. Crónica de la resistencia en el Kurdistán Turco.

Arsuara:

Entre volcanes y el latido del pueblo Kurdo

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Portada Arsuara Expedicion - 4

El Gigante Bíblico - El Ararat y la lección de humildad

La expedición Arsuara nació con una ambición técnica clara: coronar los volcanes más emblemáticos del Kurdistán Turco: Artos, Suphan, Nemrut y, el gran coloso, el Ararat (5.137 m). Pero el Ararat no es una montaña cualquiera; cargado de historia y leyendas, este gigante nos dio la lección más importante que un alpinista puede recibir: la montaña siempre manda, y su soberanía es absoluta, independientemente de su altitud.

A menudo caemos en el error de pensar que solo los "ochomiles" son letales. El Ararat nos demostró que el entorno se vuelve extremo en cuestión de minutos. Las condiciones meteorológicas en su cumbre se volvieron feroces. No estábamos ante una simple tormenta; estábamos ante un muro de viento y hielo que nos recordó nuestra fragilidad. Fue allí donde me enfrenté a un principio de hipotermia a -15 grados. El frío no era solo una sensación; era un enemigo físico que intentaba apagar mi energía. En esa situación crítica, comprendí que nunca hay que subestimar una cima. El Ararat nos dijo "no", y saber escuchar ese mensaje es lo que nos permitió regresar para contar la historia.

El Doctor Juan Pablo Hernando - Medicina en la frontera

Lo que el Ararat nos negó en su cumbre, nos lo devolvió la tierra en sentido humano. Si la montaña fue hostil, su gente fue el refugio. Esta expedición no habría tenido sentido sin la labor social que realizamos junto al Doctor Juan Pablo Hernando. Mientras las cumbres se cerraban por el mal tiempo, nosotros abríamos las puertas de nuestros campamentos sanitarios itinerantes.

Llevamos asistencia médica a zonas de una precariedad extrema, donde la sanidad es un concepto lejano y casi utópico. Ver al Dr. Hernando atender a las poblaciones locales, desde niños con infecciones respiratorias hasta ancianos con dolencias crónicas nunca tratadas, dio un sentido trascendental a todo nuestro esfuerzo físico. Atender a esas familias en aldeas aisladas, donde el invierno golpea con la misma fuerza que en la cima, llenó cualquier vacío emocional que pudiera haber dejado la falta de cumbre. Allí comprendimos que nuestra verdadera cima era la salud de aquellas personas.

El Choque Cultural - Del silencio de Irán al matriarcado Kurdo

Lo más sorprendente y revelador de Arsuara no estuvo en el mapa, sino en la sociedad. Veníamos de vivir la opresión asfixiante en Irán el año anterior, donde el silencio de la mujer era una ley no escrita pero omnipresente. Cruzar la frontera hacia el Kurdistán Turco fue como salir de una habitación sin aire a un valle abierto.

Encontramos, contra todo pronóstico, una sociedad con fuertes rasgos matriarcales. Fue una revelación gratificante ver cómo, en un entorno tan rudo y marcado por el conflicto, la mujer ocupa un lugar central. En las aldeas kurdas, la voz de la mujer tiene un peso, una autoridad y una presencia que en Irán nos fue negada. Arsuara es el testimonio de este descubrimiento: la verdadera aventura fue dejarse asombrar por un pueblo que pone a la mujer en el centro de la vida comunitaria.

El abrazo del hielo - La hipotermia en el coloso bíblico

El ascenso al Ararat comenzó bajo una falsa sensación de control. Aunque sabíamos que sus más de 5.000 metros exigen respeto, el clima en las cotas bajas era engañoso. Sin embargo, en la montaña, el tiempo no cambia, se transforma. A medida que ganábamos altitud, la temperatura cayó en picado y el viento empezó a azotar con una violencia que dificultaba incluso el pensamiento. Fue en ese tramo final, cuando la cumbre parece estar al alcance de la mano, donde mi cuerpo dijo basta.

Me enfrenté a un principio de hipotermia a -15 grados, pero la sensación térmica, debido al viento racheado, era muy inferior. La hipotermia es una enemiga silenciosa; no avisa con dolor, sino con una pérdida progresiva de la realidad. Mis movimientos se volvieron torpes, el habla empezó a trabarse y sentí cómo el calor central de mi cuerpo se retiraba de las extremidades para intentar proteger los órganos vitales. Mis manos, a pesar de los guantes técnicos, eran bloques de hielo insensibles. En ese momento, la montaña dejó de ser un paisaje para convertirse en una trampa letal.

La decisión de bajar - El triunfo de la cordura

En el alpinismo de alto nivel, existe una presión invisible por "hacer cumbre" a toda costa. Pero allí arriba, tiritando de forma incontrolada y con la visión empezando a nublarse, la lección de Irán y Nepal regresó a mi mente: ninguna cima vale una vida. El equipo, al ver mi estado, no dudó. No hubo discusiones heroicas ni intentos desesperados por seguir. Hubo una mirada de entendimiento mutuo.

Darse la vuelta cuando tienes la cumbre a la vista es el mayor acto de disciplina que un explorador puede realizar. Recuerdo el proceso de descenso como una lucha agónica contra el sueño y el cansancio extremo. Cada paso hacia abajo era una bocanada de vida recuperada. El Ararat nos estaba enviando un mensaje claro: "Hoy no es vuestro día". Aceptar ese "no" fue lo que nos permitió estar hoy aquí. Entendí que subestimar una montaña por no ser un "ochomil" es el error más peligroso que puede cometer un montañero. La altitud es un número; las condiciones meteorológicas son las que dictan la sentencia.

El refugio en el valle - La calidez del regreso

Cuando finalmente logramos descender a cotas más seguras y el principio de hipotermia empezó a remitir gracias al movimiento y al abrigo del equipo, la frustración por la cima no existía. Solo había una gratitud inmensa hacia la montaña por habernos dejado salir.

Ese frío extremo, esa sensación de estar al borde del colapso físico, es lo que hoy intento transmitir en mi pintura. Cuando utilizo texturas de relieve agresivas, busco emular la rugosidad del hielo del Ararat y la dureza de ese viento que casi nos detiene el corazón. La expedición Arsuara me enseñó que la verdadera aventura es saber leer los límites. Si no hubiéramos bajado en aquel momento, no habríamos podido realizar la labor social que vino después. La montaña nos echó de sus alturas para que pudiéramos ser útiles en sus valles.

Vamos a sumergirnos en el corazón del Kurdistán Turco.

Si el Ararat nos puso al límite físico, las aldeas kurdas nos devolvieron la fe en la capacidad humana de cuidar y liderar. Este bloque es el alma de Arsuara.

Mientras el Ararat permanecía envuelto en tormentas, el Doctor Juan Pablo Hernando y yo transformamos nuestra frustración en acción. Los campamentos sanitarios itinerantes que montamos en las faldas de los volcanes Suphan y Artos fueron, posiblemente, los más intensos de mi carrera. En estas zonas del Kurdistán, la presencia de un médico es un evento generacional; hay personas que mueren sin haber visto nunca un estetoscopio.

Recuerdo a una mujer que trajo a su padre, un hombre de manos nudosas y ojos nublados por las cataratas. El Dr. Hernando, con una paciencia infinita, no solo trató sus dolencias respiratorias —comunes por el uso de bosta de animal para calentar las casas—, sino que le entregó unas gafas de lectura que llevábamos en el material humanitario. Ver a ese hombre recuperar la nitidez de las manos de su hija fue un momento que ninguna cumbre puede igualar. En esos instantes, comprendes que portear medicinas es mucho más importante que portear banderas. La gratitud de los kurdos no se expresaba con palabras, sino con té, con pan recién salido del horno de piedra y con una mirada de respeto profundo hacia nuestra labor.

El descubrimiento de Arsuara - Donde la mujer es el centro

Lo que realmente cambió mi perspectiva en esta expedición fue el choque cultural positivo. Venía de Irán, donde mi presencia era un problema o una sombra. Al cruzar al Kurdistán Turco, el panorama cambió radicalmente. Me encontré con una sociedad donde la mujer no solo es respetada, sino que es el eje sobre el que pivota la comunidad.

En las aldeas kurdas, las mujeres tienen una presencia física y verbal imponente. Recuerdo las reuniones en las casas, donde eran ellas quienes gestionaban la logística, quienes distribuían la ayuda que llevábamos y quienes tomaban las decisiones importantes sobre la salud de sus familias. No sentí la necesidad de cubrirme, de bajar la mirada o de pedir permiso para hablar. Descubrir este matriarcado resiliente en mitad de una zona de conflicto fue una revelación gratificante. Arsuara, el nombre de nuestra expedición, se convirtió para mí en sinónimo de esa fuerza femenina que sobrevive a los volcanes y a las guerras.

Anécdotas entre fogones - La sabiduría de las "Madres Kurdas"

Hubo una tarde en una pequeña aldea cerca del lago Van. Estaba sentada con un grupo de mujeres mientras el Dr. Hernando atendía a los niños. Ellas no hablaban mi idioma, pero nos comunicábamos a través del tacto y de la observación. Me enseñaron cómo tejían sus alfombras, con patrones que contaban la historia de su pueblo, y cómo gestionaban la economía de subsistencia del lugar.

Una de las ancianas, la matriarca de la casa, me tomó de las manos y me miró fijamente. En sus ojos vi la misma determinación que yo sentía al escalar. Ella no subía montañas, pero mantenía viva a una comunidad entera bajo condiciones climáticas y políticas durísimas. Aquella mujer era más fuerte que el Ararat. Esa experiencia me enseñó que la verdadera aventura es saber escuchar a los pueblos que, contra todo pronóstico, ponen a la mujer en el centro. Mi arte se nutrió de esos colores ocres de la tierra kurda y de la fuerza de esas miradas que hoy intento replicar en mis retratos étnicos.

El legado de Arsuara - Un "No" que fue un "Sí"

Hoy miro hacia atrás y entiendo que el Ararat no nos negó nada. Al cerrarnos el paso a su cumbre con ese principio de hipotermia, nos empujó hacia lo que realmente importaba: el contacto humano. Si hubiéramos hecho cumbre, quizás habríamos regresado con una foto de éxito, pero habríamos perdido las horas de convivencia en las aldeas, los diagnósticos del Dr. Hernando y el aprendizaje sobre el matriarcado kurdo.

Arsuara me enseñó que la montaña es solo el escenario, pero el drama real ocurre en los valles. Regresé de Kurdistán con la certeza de que mi labor como comunicadora y artista debía centrarse en estas historias de resiliencia. El Ararat me enseñó a ser humilde ante la naturaleza, pero las mujeres kurdas me enseñaron a ser orgullosa de mi propia fuerza. Ese equilibrio es el que intento transmitir en cada charla y en cada trazo sobre el fondo negro de mis lienzos.

La montaña como pretexto

Arsuara también me enseñó que la expedición es, en realidad, un pretexto para el encuentro. El Ararat me dio una lección de humildad a través del dolor físico y el frío, pero el Kurdistán me dio una lección de propósito a través de la medicina y la cultura. Regresé entendiendo que mi voz como comunicadora es más necesaria en los valles que en las cumbres. Este documental no es el registro de un ascenso fallido, sino el testimonio de un hallazgo humano extraordinario: el de un pueblo que nos enseñó que se puede ser libre y fuerte incluso bajo la sombra de los volcanes más letales. Mi compromiso hoy es seguir siendo el eco de esas mujeres que el Ararat, con su majestuosidad, me permitió conocer.

 

Trailer del documental