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Nepal el país de los sentidos

Nepal - El país de los sentidos

En esta expedición regresé a las grandes montañas con el objetivo de alcanzar la cima del Pisang Peak, un 6.000 que me desafiaba físicamente. Sin embargo, el destino y la realidad del país tras la pandemia tenían preparado para mí un camino muy distinto. Crónica de una retirada estratégica y un triunfo humanitario...

Nepal el pais de los sentidos

La cumbre de la solidaridad

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El Gigante de Hielo

El Pisang Peak como espejo

El Pisang Peak, con sus 6.091 metros de altitud, se alza imponente en el distrito de Manang. Para cualquier montañero, su pirámide perfecta es una tentación técnica, un desafío que exige precisión, fuerza y una gestión impecable del riesgo. Sin embargo, en esta expedición, el Pisang Peak dejó de ser un objetivo deportivo para convertirse en un espejo de mi propia madurez.

A menudo, en nuestras charlas y presentaciones, hablamos de la importancia de alcanzar nuestras metas, pero pocas veces nos detenemos a analizar el coste de esas victorias. Durante el ascenso, la montaña empezó a hablarnos a través del clima y de las sensaciones físicas. Fue allí, en la zona de campamento alto, donde me enfrenté a una de las lecciones más difíciles de mi trayectoria: aprender a medir los deseos. Entendí que aquello que quieres conseguir no se puede pagar a cualquier precio. Cuando la seguridad de tu equipo o tu propia integridad están en juego, la cima deja de ser un logro para convertirse en una trampa de ego.

La Gestión de la Frustración - El "No" como fortaleza

Darse la vuelta a pocos metros de un objetivo es, en sí mismo, un reto mental mucho más inmenso que seguir subiendo por inercia. Vivimos en una sociedad que castiga el abandono y lo confunde con el fracaso. Gestionar la frustración frente a las expectativas —las de los patrocinadores, las del público que sigue el documental y las mías propias— fue un proceso de introspección profunda.

Decir "no puedo" o, mejor dicho, "no debo seguir", es un acto de valentía. Esta expedición me enseñó que la verdadera cumbre no es de roca y hielo, sino de sentido común y responsabilidad. Aquella retirada no fue una derrota; fue la semilla de un compromiso mayor. Al bajar de la montaña antes de lo previsto, toda nuestra energía y recursos se volcaron en lo que realmente estaba dando sentido al viaje: la labor humanitaria en los valles.

Medicina en los Confines - Los campamentos del Doctor Fonsi

Si la montaña nos puso a prueba la mente, los valles nos pusieron a prueba el corazón. Junto al Doctor Alfonso (Fonsi), pusimos en marcha campamentos sanitarios itinerantes que nos llevaron a zonas donde la sanidad es, literalmente, un milagro inexistente. En Nepal, una infección básica o una herida mal curada pueden suponer la pérdida de un miembro o incluso la vida para un campesino o un niño de aldea.

Recuerdo las filas de personas esperando bajo el sol o la lluvia nepalí. No venían solo por una medicina; venían buscando esperanza. Ver al Doctor Fonsi trabajar con recursos mínimos, realizando diagnósticos en mitad de un camino o en una choza de barro, fue una lección de humildad que empequeñeció cualquier cima de 6.000 metros. Realizamos una labor enriquecedora que nos recordó que nuestras manos son más útiles curando que agarrando un piolet. La verdadera asistencia médica no es la que se da en grandes hospitales, sino la que llega allí donde nadie más quiere ir.

Indira Ranamagar - Rescatando la infancia de las sombras

Uno de los momentos más trascendentales de la expedición, y que ocupa una parte central del documental, fue nuestra llegada a Katmandú para conocer a Indira Ranamagar. Su labor es, posiblemente, una de las más heroicas y menos reconocidas del planeta. En Nepal, por una ley que nos resulta incomprensible, los niños cuyos padres son encarcelados deben vivir con ellos dentro de las prisiones si no tienen familiares que se hagan cargo.

Indira se dedica a rescatar a esos niños de la oscuridad de las cárceles nepalíes para darles una educación, un hogar y, sobre todo, una infancia. Entrar en su centro y mirar a los ojos a esos niños es una experiencia que te obliga a replantearte tus propias prioridades de forma violenta. ¿Qué importancia tiene un pico nevado cuando hay niños creciendo entre rejas?

Conocer a Indira me enseñó que la verdadera exploración es la que se adentra en las problemáticas sociales para intentar buscar soluciones. Sus "presos inocentes" nos dieron una lección de resiliencia que superó cualquier reto físico que hubiéramos vivido en el Annapurna.

La Cumbre del Compromiso - Un viaje sensorial

Esta expedición se llama "El país de los sentidos" porque en ella aprendimos a escuchar, a oler el miedo, a tocar la herida y a ver la realidad sin filtros. La verdadera victoria fue la capacidad de retirarse a tiempo para seguir ayudando. El Pisang Peak se quedó a la espera, pero nosotros volvimos a casa con algo mucho más valioso: la certeza de que el compromiso con la vida es la única expedición que nunca debe terminar.

Aprendí que el éxito no se mide en metros verticales, sino en el impacto positivo que dejas en el camino. La retirada del pico nos permitió dedicar más días a los campamentos sanitarios, más tiempo a escuchar a Indira y más recursos a quienes realmente los necesitaban. Esa es la cumbre del compromiso.

El Doctor Fonsi - Medicina de trinchera en el Himalaya

Trabajar al lado del Doctor Alfonso (Fonsi) durante esta expedición fue presenciar una forma de medicina que en Occidente hemos olvidado por completo. En los valles de Nepal, donde los caminos se borran con el monzón y la aldea más cercana con un botiquín básico puede estar a dos días de marcha, el Doctor Fonsi no solo era un médico; era una tabla de salvación.

Nuestros campamentos sanitarios no tenían paredes blancas ni equipos de última generación. A menudo, la consulta era una piedra plana bajo la sombra de un árbol o el interior de una chapa de zinc que hacía de refugio. Recuerdo ver a Fonsi examinar a un anciano que había caminado durante seis horas, apoyado en un palo de bambú, solo porque se había corrido la voz de que "había un médico extranjero en el valle". El Doctor lo recibió con una sonrisa Para cerrar este relato y alcanzar el volumen de 2000 palabras, vamos a profundizar en la esencia que da nombre al documental. Si la expedición se llama "El país de los sentidos", es porque Nepal no se mira, se padece y se disfruta a través de la piel. Este capítulo final explica cómo esa sobrecarga sensorial en la montaña se convirtió en la base de tu Arte Consciente.

El caso de la niña de la quemadura - Una historia de urgencia

Hubo un momento que se nos quedó grabado a fuego. En una aldea cerca de Tal, una madre trajo a su hija de apenas cuatro años. La pequeña tenía una quemadura severa en el brazo que se había infectado por falta de limpieza y por el uso de ungüentos tradicionales que, lejos de curar, habían empeorado el tejido.

El olor de la infección era notable antes incluso de descubrir la herida. Fonsi, con una calma asombrosa, preparó el instrumental básico que llevábamos en nuestros botiquines de expedición. Mientras yo sostenía la linterna y trataba de distraer a la niña con unos dibujos, él limpió la zona, desbridó el tejido muerto y aplicó los antibióticos necesarios. Fue un proceso doloroso, pero la madre no apartó la vista ni un segundo. Al terminar, nos ofreció lo único que tenía: un puñado de nueces locales. Esa niña, que de no haber pasado nosotros por allí probablemente habría perdido la movilidad del brazo o algo peor, es la razón por la que el Pisang Peak pasó a un segundo plano. Una cima es un número; ese brazo salvado es una vida con futuro.

La cronicidad del olvido - Problemas respiratorios y oculares

En los campamentos sanitarios itinerantes, Fonsi se enfrentó a una patología constante: los problemas respiratorios derivados del humo de los hogares. En las casas nepalíes de montaña no hay chimeneas; el humo de la leña se queda estancado en el interior, donde las familias cocinan y duermen.

Vimos a mujeres jóvenes con pulmones de ancianas fumadoras y a ancianos con cataratas tan avanzadas que vivían en una penumbra permanente. Fonsi repartía gotas, enseñaba medidas básicas de higiene y entregaba las medicaciones que habíamos porteado con tanto esfuerzo. A veces, lo más duro no era lo que podíamos curar, sino lo que no podíamos. Explicarle a alguien que necesitaba una cirugía que solo se hacía en Katmandú, sabiendo que nunca tendría el dinero para llegar allí, es el peso más grande que un médico puede cargar. Pero Fonsi siempre encontraba la manera de dar un consejo, un alivio temporal o, al menos, la validación de que su dolor era real y nos importaba.

Logística de la salud - Portear vida

La labor humanitaria de esta expedición requirió una planificación exhaustiva. No solo llevábamos nuestro equipo de montaña para el Pisang Peak; gran parte de la carga de nuestros porteadores eran medicamentos, vendas, antisépticos y material de cura.

Cada kilo de antibiótico que subíamos era un kilo menos de comodidad personal que llevábamos. Pero en el equipo teníamos claro el orden de prioridades. Ver a los porteadores —que son los verdaderos héroes del Himalaya— cargar con esas cajas de medicinas con un cuidado especial, sabiendo que eran para sus propios compatriotas de los valles altos, creaba una conexión de respeto mutuo indestructible. Ellos sabían que no íbamos allí solo a hacernos la foto en la cumbre; íbamos a dejar algo tangible en su tierra.

El descenso a las sombras - El encuentro con Indira Ranamagar

Cuando regresamos de la montaña, con el cuerpo todavía impregnado del frío del Pisang Peak y la mente procesando la retirada, Katmandú nos recibió con su caos habitual. Pero esta vez, el objetivo no era el descanso, sino adentrarnos en una de las realidades más desgarradoras y, a la vez, esperanzadoras de Nepal. Conocer a Indira Ranamagar no fue una visita protocolaria; fue un choque frontal con la injusticia y una lección magistral sobre lo que significa el compromiso real con la vida.

Indira es una mujer que emana una fuerza tranquila, una resiliencia que no necesita gritar para ser escuchada. Su labor se centra en los "presos inocentes": niños que, por el simple hecho de nacer o ser hijos de personas encarceladas, terminan viviendo tras los barrotes de las prisiones nepalíes. En un sistema donde el Estado no garantiza un lugar para estos menores, Indira se convierte en su única oportunidad de ver la luz del sol fuera de un muro de hormigón.

La realidad de las cárceles - Infancias entre rejas

Escuchar a Indira describir las condiciones de las prisiones fue una experiencia que nos obligó a replantearnos nuestras propias "dificultades" en la montaña. Nos habló de niños que crecen en celdas superpobladas, respirando el aire viciado del encierro, viendo la violencia y la desesperación como su único paisaje cotidiano. Para estos niños, el mundo se reduce a unos pocos metros cuadrados de cemento.

Indira nos explicó que, por ley, si no hay un tutor legal fuera de la cárcel, los niños deben permanecer con sus madres o padres internos. Muchos de estos pequeños nunca han visto un árbol, no saben lo que es correr por un prado o, simplemente, desconocen que existe un mundo más allá de las puertas de hierro. El trabajo de Indira consiste en negociar con el sistema, entrar en esas prisiones y rescatar a esos niños para llevarlos a sus centros de acogida, donde les devuelve el derecho a ser, simplemente, niños.

 El Orfanato - Un oasis de color en el caos de Katmandú

Entrar en el centro de acogida de Indira fue el contrapunto perfecto a la dureza de su relato. Allí, el ambiente no era de tragedia, sino de una vitalidad arrolladora. Ver a esos niños, rescatados de la oscuridad, jugando, estudiando y riendo, fue la prueba física de que la acción de una sola persona puede cambiar el destino de cientos.

Lo que más me marcó fue la mirada de los pequeños. No era una mirada de víctimas, sino de supervivientes llenos de curiosidad. Recuerdo observar cómo se organizaban para las tareas diarias, cómo se cuidaban los unos a los otros como si fueran una gran familia unida por un pasado común de sombras. Indira nos decía: "Estos niños no son el problema, son la solución si les damos las herramientas adecuadas". En ese momento, mi piolet y mis botas de alta montaña me parecieron objetos de otro planeta. La verdadera escalada, la que realmente importa, es la que hace Indira cada día para sacar a un niño de una celda.

El compromiso de la visibilidad - El papel del documental

Al ver aquella labor, entendí por qué era tan importante que esta expedición se llamara "El país de los sentidos". El sentido de la vista suele engañarnos en la montaña, haciéndonos creer que la cima es lo más importante. Pero allí, en el orfanato, el sentido que predominaba era el de la empatía.

Sentí la necesidad urgente de utilizar mi capacidad de comunicación y mi cámara para que esa realidad no se quedara encerrada en Katmandú. El documental debía ser un altavoz para la labor de Indira. No podíamos limitarnos a ser testigos; debíamos ser transmisores. La verdadera cumbre de este viaje no fue técnica, fue humana. Al integrar la historia de estos niños en el relato de la expedición al Pisang Peak, le dimos a la montaña una dimensión social que la transformó por completo. La retirada en la nieve nos dio el tiempo y la energía para dedicar nuestra atención plena a esta causa.

Una nueva escala de valores

Conocer a Indira Ranamagar y a sus niños me enseñó que la resiliencia no es solo aguantar una tormenta a 6.000 metros. La resiliencia es la sonrisa de un niño que ha pasado sus primeros años de vida en una cárcel y que ahora sueña con ser médico o maestro.

Esta experiencia cerró el círculo de la expedición. Volvimos a casa entendiendo que " Nepal, el país de los sentidos" era, en realidad, un viaje hacia el sentido común. La verdadera victoria fue reconocer que nuestra libertad y nuestros recursos tienen sentido cuando se ponen al servicio de los demás. Indira nos regaló una perspectiva que ninguna cima del mundo nos podría haber dado: la certeza de que, mientras haya una sola injusticia que combatir, siempre habrá una montaña interna que escalar. XV. La atmósfera del límite: El diálogo con el gigante

El ascenso al Pisang Peak

No fue un camino lineal, sino una negociación constante con el entorno. A medida que ganábamos altitud, el aire se volvía más delgado, pero el silencio se hacía más pesado. A más de 5.500 metros, la montaña deja de ser un paisaje para convertirse en un organismo vivo que te impone sus reglas. El sonido del viento en las aristas no es un ruido ambiental; es una advertencia constante que te obliga a estar presente en cada respiración, en cada movimiento de los crampones sobre el hielo cristalino.

Recuerdo el momento exacto en que la atmósfera cambió. Estábamos en el campamento alto, la antesala de la pirámide final. El frío no era solo una temperatura, era una presencia física que atravesaba las capas de plumón y se instalaba en los huesos. El termómetro marcaba temperaturas muy por debajo de los veinte grados bajo cero, pero lo que realmente marcaba el límite era la sensación de aislamiento. Allí arriba, lejos de los campamentos sanitarios y de la vida de los valles, te das cuenta de que un error mínimo puede tener consecuencias definitivas.

El momento de la renuncia - Entre el ego y la lucidez

La decisión de dar la vuelta no fue un evento súbito, sino la culminación de un diálogo interno agotador. Miras hacia arriba y ves la cima, ese triángulo de nieve que parece estar al alcance de la mano. El ego te empuja: piensas en los meses de entrenamiento, en el equipo que te apoya, en la cámara que debe registrar el éxito. Pero entonces, miras a tu equipo, escuchas el ritmo de tu propio corazón y observas cómo las condiciones meteorológicas empiezan a cerrarse.

Fue un instante de silencio absoluto entre nosotros. No hacían falta muchas palabras. En la mirada de mis compañeros leí la misma incertidumbre que yo sentía. Es en ese punto donde la exploración se convierte en filosofía: ¿vale más una foto en una cumbre que la seguridad de regresar para contar la historia? Entendí que la montaña nos estaba diciendo "no hoy". Gestionar la frustración de ver el objetivo tan cerca y, a la vez, tan lejos, fue el reto mental más duro de toda la expedición. Decir "nos damos la vuelta" no fue un acto de debilidad, fue el ejercicio de libertad más puro que he realizado nunca. Fue la victoria de la cordura sobre la ambición.

El descenso - La gravedad de la responsabilidad

Bajar del Pisang Peak sin la cima es un camino de introspección. A cada paso que descendíamos, el aire se volvía más denso y el peso de la decisión se hacía más ligero. Curiosamente, la frustración inicial fue dejando paso a una extraña sensación de alivio y paz. Al renunciar a la cumbre de roca, ganamos la cumbre del compromiso.

Entendimos que nuestra energía no debía agotarse en una lucha estéril contra los elementos, sino reservarse para la labor que nos esperaba abajo. Cada metro de descenso nos acercaba más a los campamentos sanitarios del Doctor Fonsi y a la labor con Indira Ranamagar. La montaña, al negarnos su punto más alto, nos obligó a mirar hacia abajo, hacia la tierra, hacia las personas. El Pisang Peak se quedó allí, impasible, pero nosotros bajamos con una lección grabada a fuego: la verdadera maestría del explorador no está en subir, sino en saber cuándo bajar para seguir siendo útil.

El lenguaje de los sentidos - La sinestesia del Himalaya

El título de este documental, "Nepal, el país de los sentidos", no fue una elección estética; fue una necesidad descriptiva. En la altitud del Pisang Peak y en la profundidad de los valles de Manang, los sentidos se agudizan hasta volverse casi dolorosos. Cuando el oxígeno falta, el cuerpo compensa abriendo canales de percepción que en la ciudad tenemos anestesiados. 

El olfato en Nepal es un viaje en sí mismo. Es el olor penetrante y sagrado del incienso de enebro que queman en las pujas antes de empezar cualquier ascenso, mezclado con el olor acre del sudor, la lana húmeda de los yaks y el humo de la leña que impregna cada poro de tu ropa. Pero también es el olor del miedo en los pasos técnicos de la montaña y el olor a limpio, casi metálico, del aire a 6.000 metros. Estos olores son los que hoy intento "pintar" en mis lienzos; busco que el espectador no vea un color, sino que huela la atmósfera del lugar.

El tacto de la supervivencia y el sabor de la comunidad

El tacto en esta expedición fue la diferencia entre la seguridad y el abismo. Es la rugosidad de la roca fría que muerde las yemas de los dedos, la vibración del piolet al golpear el hielo cristalino y la textura áspera de las manos de los ancianos que atendía el Doctor Fonsi. En mis cuadros actuales, el relieve es una herencia directa de este viaje. Mis manos necesitan crear texturas que emulen esa piel de la tierra que toqué en Nepal: grietas, arrugas y durezas que cuentan una historia de resistencia.

El gusto se redujo a lo esencial, pero se cargó de significado. El sabor salado y graso del té de mantequilla (suji) en los monasterios no era solo alimento; era el sabor de la hospitalidad y la aceptación. En contraste, el sabor amargo de la medicación en los campamentos sanitarios recordaba la fragilidad de la vida. Aprender a saborear lo poco, a encontrar el matiz en un plato de arroz con lentejas repetido durante semanas, me enseñó que la saturación de estímulos de nuestra sociedad solo sirve para ocultar el sabor real de la existencia.

Del silencio de la cumbre al negro del lienzo

La lección sensorial más potente fue el oído. En el Pisang Peak conocí el silencio absoluto, ese que zumba en los oídos y que te obliga a escuchar tu propia sangre golpeando en las sienes. Es un silencio que impone respeto y que te hace sentir el peso del universo.

Ese silencio es el que hoy plasmo en mis fondos negros profundos. El negro en mi pintura no es oscuridad; es ese silencio del Himalaya. Es el vacío necesario para que los "sentidos" —los colores, las texturas, los relieves— tengan un lugar donde manifestarse sin ruido. Mi arte es una traducción de esta expedición: utilizo el acrílico para dar voz a lo que sentí cuando las palabras ya no servían.

El regreso a lo esencial

Regresar del Pisang Peak sin la cima, pero con los sentidos desbordados, fue la verdadera victoria. Esta expedición me enseñó que para "ver" realmente, hay que estar dispuesto a cerrar los ojos y sentir la montaña; que para "ayudar" realmente, hay que estar dispuesto a bajar de las nubes y tocar el barro de los valles.

Hoy, cuando presento este documental o comparto mis talleres de Arte Consciente, no lo hago para hablar de una montaña en Nepal, sino para invitar a los demás a reconectar con sus propios sentidos. La verdadera exploración es aprender a vivir con esa intensidad, valorando cada respiración, cada textura y cada encuentro humano como si fuera el último. Nepal me quitó la cima, pero me devolvió la capacidad de sentir el mundo en toda su crudeza y belleza. Y esa, sin duda, es la cumbre más alta que he alcanzado jamás.

 

Trailer del documental