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Nepal + de 1000Km entre montañas
Nepal +1.000 km entre montañas
El Reto:
Atravesar el Himalaya de Nepal a pie durante 66 días, recorriendo más de 1.000 km con un desnivel acumulado de 35.780 metros.
Trayecto:
Conexión entre el Kangchenjunga y el Dhaulagiri, pasando bajo la sombra de colosos como el Makalu, Everest, Lhotse, Cho Oyu, Manaslu y Annapurna.
Logro:
Primera mujer española, segunda del mundo en completar esta travesía.
Nepal -
+1.000 km entre montañas


La Génesis del Reto - Mucho más que kilómetros
Crónica de una transformación en el gran camino del Himalaya
Cuando planteamos la expedición de recorrer más de 1.000 kilómetros a pie por el Himalaya, sabíamos que nos enfrentaríamos a la cordillera más alta del mundo, pero no imaginábamos que el verdadero desafío no residiría en el desnivel acumulado, sino en la profundidad del aprendizaje humano. Esta expedición, que se prolongó durante 66 días ininterrumpidos, no nació con una ambición puramente deportiva. Mi fuerte siempre ha sido la comunicación y el testimonio, y Nepal era el escenario perfecto para poner a prueba mis propios valores frente a una realidad cruda y hermosa a partes iguales.
Caminar bajo la sombra de los "ochomiles" como el Everest, el Lhotse o el Makalu te hace sentir pequeña, pero es en esa pequeñez donde uno empieza a ver lo que realmente importa. La logística de un viaje de más de dos meses cargando con lo necesario, cruzando collados de gran altitud y durmiendo en condiciones precarias, fue solo el lienzo sobre el que pintamos una experiencia social sin precedentes en mi trayectoria.
La Realidad de las Aulas - El valor de un tablero
Uno de los pilares de estos 1.000 kilómetros fue la labor social. No pasábamos de largo por las aldeas; nos deteníamos a mirar. En las zonas más remotas de Nepal, la educación es un acto de resistencia. Entramos en escuelas que desafían cualquier concepto occidental de "centro educativo". Eran habitaciones oscuras, sin electricidad, con paredes de piedra y barro que apenas contenían el frío.
Lo que más me impactó fue ver a niños de todas las edades compartiendo un mismo espacio. Algunos se sentaban directamente en el suelo de tierra; otros, con más suerte, se apretaban frente a un tablero de madera que hacía las veces de mesa compartida. Al entregar el material escolar que llevábamos, la reacción no era de euforia materialista, sino de una gratitud silenciosa y profunda. Ver sus ojos al recibir un cuaderno o un lápiz te cambia la perspectiva para siempre. Allí, la frase "no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita" dejó de ser un eslogan para convertirse en una verdad física. Estos niños son inmensamente ricos en valores porque su felicidad no está hipotecada por el consumo.
Inmersión Espiritual - De las pujas a Bigu Gompa
Nepal es un país donde lo sagrado y lo cotidiano no se pueden separar. Mi viaje fue una inmersión total en esa espiritualidad que, a veces, resulta difícil de explicar con palabras. Asistir a las pujas (rituales de ofrenda) tanto hinduistas como budistas es una experiencia sensorial: el olor al incienso de enebro, el sonido rítmico de los tambores y los mantras que parecen hacer vibrar el aire. Es algo que te eriza la piel y te conecta con una parte de la humanidad que en Occidente hemos silenciado.
Uno de los hitos emocionales de la expedición fue la estancia en el monasterio de Bigu Gompa. Convivir durante dos noches con 80 mujeres lama (Anis) fue un regalo del camino. Ver su disciplina, su paz y su forma de entender la comunidad en un entorno tan aislado fue una lección de humildad. En ese monasterio, el tiempo se detiene. No importa cuántos kilómetros te falten por recorrer; allí solo importa el presente, el canto y el servicio.
La Dureza del Camino - Gastroenteritis, mordeduras y chamanismo
Pero el Himalaya no es solo espiritualidad; es una tierra dura que te pone a prueba físicamente de la manera más cruda. Los contrastes fueron brutales. Podías estar emocionada tras un canto budista y, a la hora siguiente, estar postrada por una gastroenteritis severa debido a las condiciones del agua o los alimentos. La salud en el camino es un equilibrio frágil.
Nunca olvidaré el incidente de la mordedura de un perro. En una expedición de este tipo, un accidente así no es una anécdota; es una crisis. Estás lejos de cualquier hospital, la rabia es una preocupación real y la cura debe ser inmediata y precaria. Es en esos momentos cuando la resiliencia que predico en mis charlas se pone a prueba de verdad.
Además, fuimos testigos de una realidad que parece sacada de otro siglo: la medicina tradicional y el chamanismo. Vimos a chamanes realizando rituales de curación tanto para animales —búfalos de agua fundamentales para la economía de la aldea— como para niños enfermos. En lugares donde el médico más cercano está a días de camino, la fe y el chamán son la única esperanza. Ver esas escenas te hace cuestionar todo lo que crees saber sobre la ciencia y la vida.
Lecciones de Resiliencia - El reto mental
A menudo me preguntan por el récord o por el número de kilómetros, pero tras 66 días aprendí que el reto no es la distancia. El reto es la capacidad de aprendizaje que te regala el camino. Nepal me enseñó a caminar con la incertidumbre. Me enseñó que puedes estar agotada, con fiebre o asustada, y aun así, al día siguiente, te calzas las botas porque el compromiso con el proyecto y con la gente que te espera en la siguiente aldea es superior a tu propio dolor.
El Rostro de la Hospitalidad - La "Familia" del camino
En el Himalaya, la casa de un desconocido es, por definición, tu casa. Durante esos 66 días, aprendí que la hospitalidad no es un servicio, es una filosofía de vida. Recuerdo una tarde en una aldea perdida del distrito de Solu-Khumbu. Llegamos agotados, con el barro de los arrozales todavía en las botas. Una anciana, de piel curtida como el cuero y manos pequeñas, nos recibió en su cocina de humo. Sin mediar palabra, nos sirvió un Dal Bhat (lentejas con arroz) que sabía a gloria.
Lo increíble no fue la comida, sino que esa mujer nos dio lo mejor de su despensa sabiendo que, probablemente, ella pasaría el resto de la semana con raciones mínimas. En sus ojos no había lástima, sino el orgullo de quien sabe que cuidar al viajero es una forma de cuidar el mundo. Esa conexión humana, sin necesidad de hablar el mismo idioma, es lo que realmente te sostiene cuando llevas 800 kilómetros en las piernas.
Anécdotas de las Escuelas - El brillo de la curiosidad
Recuerdo especialmente una escuela en la zona de Makalu Barun. Para llegar, tuvimos que cruzar un puente colgante que chirriaba con cada paso. Al entrar en el aula, el silencio era absoluto. Los niños nos miraban como si fuéramos astronautas recién aterrizados.
Llevábamos unas cajas de lápices de colores y cuadernos. Hubo un niño, que no tendría más de seis años, que se quedó mirando fijamente un lápiz de color azul. No lo usó para escribir. Lo acercó a su cara, lo olió y luego lo pasó por su mejilla. Para él, ese objeto no era solo una herramienta escolar; era un tesoro de un mundo lejano. Ver cómo compartían un solo borrador entre diez niños, pasándoselo con un cuidado exquisito para no gastarlo, me hizo sentir una vergüenza profunda por nuestro sistema de "usar y tirar". Allí comprendí que la educación en Nepal es un tesoro por el que las familias caminan horas cada día.
La Vida en el Monasterio - Las "Anis" de Bigu Gompa
Convivir con las mujeres lama (Anis) fue como entrar en una burbuja de paz. Bigu Gompa es un lugar donde el trabajo y la oración son una sola cosa. Recuerdo levantarme a las cinco de la mañana con el sonido del Dungchen (esas trompetas largas de metal). El frío era intenso, pero la calidez de las monjas al ofrecernos el té de mantequilla (suji) nos reconfortaba.
Una de las monjas más jóvenes se acercó a curarme una herida que tenía en la mano. Lo hizo con una delicadeza tal, que parecía que estaba manipulando una reliquia sagrada. Me llamó la atención que, a pesar de vivir en un aislamiento casi total, su alegría era contagiosa. No paraban de reír entre ellas mientras realizaban las tareas más pesadas, como acarrear agua o leña. Me enseñaron que la espiritualidad no es estar seria y callada en un altar, sino mantener la sonrisa mientras haces lo que te toca hacer por los demás.
El Incidente del Perro - Vulnerabilidad y comunidad
La mordedura del perro no fue solo un dolor físico; fue el momento en que sentí que la expedición pendía de un hilo. Estábamos a días de cualquier puesto médico con vacunas. La reacción de la aldea fue inmediata. No nos dejaron solos. El jefe de la aldea trajo una mezcla de hierbas que, según él, ayudaban a limpiar la herida, mientras buscábamos la forma de contactar con ayuda externa.
Esa noche, sentada en una piedra bajo un cielo que parecía que se nos caía encima de tantas estrellas, sentí el peso de la responsabilidad. Pero también sentí la protección de la comunidad. Los aldeanos hacían turnos para asegurarse de que estábamos bien. En ese momento de debilidad, no fui la "exploradora fuerte"; fui una persona vulnerable rescatada por la bondad de gente que no tenía nada.
El Chamanismo - La fe cuando la ciencia no llega
En otra aldea, fuimos testigos de un ritual de sanación. Un niño pequeño tenía una fiebre que no bajaba. No había antibióticos. Vimos cómo el chamán local, vestido con plumas y amuletos, realizaba una danza rítmica alrededor del fuego.
Para alguien con mentalidad occidental, esto puede parecer superstición, pero cuando ves la cara de los padres, entiendes que el chamán hace algo que la medicina a veces olvida: dar esperanza y acompañar el dolor. Al día siguiente, curiosamente, el niño estaba mejor. No sé si fueron las hierbas, la danza o la fuerza de la creencia de su comunidad, pero ver esa conexión entre el espíritu y el cuerpo me hizo replantearme muchas de mis convicciones sobre la salud y la enfermedad.
El Descenso al Ruido - El choque con Katmandú
Después de 66 días donde el único sonido era el de mis propios pasos, el viento chocando contra las cumbres y los mantras lejanos en los monasterios, la llegada a Katmandú no fue el alivio que esperaba. Fue una agresión a los sentidos. Tras recorrer más de 1.000 kilómetros en un silencio casi sagrado, el primer rugido de un motor de motocicleta en las afueras de la capital me golpeó como una bofetada física.
Entrar en la ciudad fue como pasar de un sueño en blanco y negro, puro y pausado, a una película frenética saturada de colores estridentes y sonidos cacofónicos. De repente, el aire ya no sabía a nieve y pino; sabía a humo de escape, a polvo y a fritura de calle. El silencio del Himalaya es una presencia que te llena por dentro; el ruido de la ciudad es una ausencia de paz que te vacía.
El Espejo del Consumo - La frustración material
Lo que más me dolió al llegar no fue la contaminación, sino el contraste humano. Venía de ver a niños en las montañas que eran inmensamente felices con un trozo de madera o un lápiz de color que cuidaban como si fuera de oro. Venía de escuelas donde el suelo era el pupitre y la sonrisa el uniforme. Y de pronto, en las calles de Katmandú, me encontré con una realidad que me resultó insoportable.
Vi a niños enfadados, llorando y pataleando porque sus padres no podían comprarles un juguete de plástico o un dulce procesado. Ver esa frustración nacida del deseo material, después de haber convivido con la alegría nacida de la carencia absoluta, fue un shock ético. Me di cuenta de que el sistema de consumo nos roba la capacidad de disfrutar de lo esencial. En las montañas, la riqueza es el tiempo y el vínculo; en la ciudad, la riqueza se mide en lo que puedes acumular, y esa acumulación solo genera más hambre de tener. Fue en ese preciso momento cuando entendí de verdad que el camino me había cambiado: ya no encajaba en la lógica de "más es mejor".
El Impacto en la Mirada - De la montaña al Lienzo
Este contraste fue el que terminó de dar forma a mi propósito comunicativo. No podía quedarme con esa lección solo para mí. Tenía que contar que existe otra forma de vivir, otra escala de valores donde la resiliencia no es una palabra de moda, sino una herramienta de supervivencia diaria cargada de dignidad.
Ese silencio acumulado durante dos meses y roto bruscamente por el caos de la capital es lo que hoy intento proyectar en mis cuadros. Mis fondos negros son ese silencio del Himalaya; son el vacío necesario para que los colores —las vivencias, las personas, los relieves de la tierra— puedan brillar con su luz propia sin el ruido del entorno. Pinto desde esa paz que encontré en las aldeas remotas, intentando rescatar para el espectador un poco de esa "riqueza de lo poco" que el mundo moderno intenta borrarnos.



